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Sobre las columnas de los sitiales, entre las arquitecturas de los doseletes de la crestería, iban unas figuras de jóvenes cantores imberbes, peinados con caracoleados rizos que, a veces, caen sobre los hombros y con cierta sonrisa enigmática en algunos. Su unidad conceptual y arrogancia, en pie, firmes y concentrados en su misión, alude al cristiano prudente y sabio, capaz de rechazar la tentación. Forman un espléndido conjunto sin parangón en el arte medieval que hace más lamentable las pérdidas y mutilaciones sufridas. Cantan o se disponen a cantar, acompañándose con el gesto de una de sus manos: unos la cruzan sobre el pecho, otros la levantan, o la apoyan sobre el muslo, volviendo a veces la palma hacia el espectador. Con la otra mano sostienen una cartela en la que había desconocidos epígrafes pintados. |
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